Idiota
Alguna vez, alguien me dijo seriamente mientras me miraba a los ojos, de manera fija y profunda “eres un idiota”.
Así me dejó, con esa sentencia y se retiró, la charla no recuerdo de que era. Ni siquiera era un debate, vaya, ni un desacuerdo. Eran trivialidades, una plática sincera entre amigos.
Nunca lo tomé como un insulto, lo acepté amablemente, con una sonrisa. Creo que nadie había sido tan sincero conmigo hasta ese momento, también es cierto, que nunca antes había escuchado esa palabra. La alegría de recibir un adjetivo nuevo a mi persona era -y es- algo indescriptible.
Tendría yo unos cinco o seis años. Vivía en Villas de la Hacienda, cerca del Espejo de los Lirios. Si saben donde es o no, es irrelevante, pues el meollo de la historia radica en esto: Fue la primera vez que usé un diccionario.
Nunca antes me había encontrado con una situación así, descubrir una palabra nueva y no tener a nadie a la mano que me explicara el significado. Hasta ese entonces, mi vocabulario había sido nutrido por mis padres -debo mencionar que mi madre me enseñó a leer cuando tenía tres años, así que al final de cada día, cuando ellos llegaban a casa, los atiborraba de preguntas para que me esclarecieran el significado de cosas que no había logrado comprender. Ese día era un sábado, o al menos debió serlo, pues solo en fines de semana podía ver a mi prima Karem, a quien le inquirí acerca del significado de la palabra. Ella al tener una idea -errónea, creo yo- de que era una palabra “mala”, me dijo que ella no podía decirme, pero que sabía donde podría saberlo.
La curiosidad me picó. ¿Cómo era ese objeto o lugar donde podría encontrar el significado de las palabras? Subimos las escaleras de la casa de los abuelos y tocamos a la puerta del primer cuarto a la derecha. Mi tía Minerva vivía allí. No estaba ella, pero nos metimos, como buenos niños, sin importarnos privacidades, simplemente precautorios de los fantasmas que allí cohabitaban. Karem se subió a la cama, para alcanzar la repisa que se encontraba justo encima de esta -de la cama, pues, no de mi prima- y sacó un pequeño librillo, con hojas color café. La pasta era roja o café, no recuerdo bien, pero lo que recuerdo claramente era lo que estaba escrito en esta:
DICCIONARIO SOPENA.
Mi prima me lo dejó en mis manos, mientras me daba unas pequeñas instrucciones de uso, que incluían, entre otras:
a. debes saberte todo el abecedario.
b. cuando busques, debes buscar una palabra letra por letra, porque van en orden.
c. cada palabra tiene su significado seguido de unas letritas que no sé para que son.
Fue un momento mágico encontrar la primera palabra.
Idiota. del lat. Idiota, y este del gr. idiotes
1. adj. Poco inteligente, estúpido.
Vaya, pocas veces me había maravillado tanto algo hasta esa fecha y miren que en ese entonces ya iba al cine a ver películas como Milagro en la calle 8 y eso hizo explotar mi mente. A partir de esa primera palabra, comencé a leerlo completamente. No leía todos los significados, eso era de locos. Simplemente revisaba todas las que estaban en negritas y cuando una me llamaba la atención, veía que significaba, trataba de utilizarla, para impresionar a mis padres, abuelos, tíos. Siempre he tenido ese je ne sais quoi de querer aparentar saber más de lo que en realidad sé. Los significados se me borraban de cuando en cuando, pero el vocabulario seguía. Comprendo las palabras muchas veces, aunque no recuerde para que me sirven. Supongo que es igual a lo que pasa cuando encuentras a alguien de quien recuerdas su cara, pero no importa cuanto fuerces a tu memoria nunca consigues recordar cual-era-su-pinche-nombre.
A veces, en mis desvaríos diarios, me pregunto si mi hijo(s) podrán disfrutar del gusto de diseccionar manualmente un diccionario, o nunca lo vivirán, debido a esa gloriosa nube de porno y videos de gatos llamada internet. Por lo pronto, me prepararé comprando algunos diccionarios, unos sencillos, otros bien nutridos, para regalárselo cuando me pregunte algo que no sepa(mos) o que bien, no le quiera explicar. Espero ver en sus ojos ese brillo que supongo que tuve cuando por primera vez supe que yo era un idiota, y que siempre lo sería, pues prefiero eso a ser un erudito aburrido que no tenga nada más que descubrir en la vida.